NEVADAMASONS

SALUD FUE RZA Y UNION, CONOCIMIENTO, PROPIEDAD Y CONVICCION

LAS RELACIONES ENTRE  MASONES Y JESUITAS

 

Por: Ven :. M:.  René Venegas

R.L.S. UTAH UNO No.3

CON SEDE EN LA CIUDAD DE OGDEN, ESTADO DE UTAH, EE.UU.

 

La Relación entre Masones y Jesuitas

La relación entre Jesuitas y Masones es ambivalente y compleja. Por un lado una aparente

enemistad histórica y por otro, una aceptación ecuménica e intelectual en el Siglo XXI. Lo

cierto es que los jesuitas y los masones tienen muchas cosas en común, como las

persecuciones a las que han sido sometidos o su modelo de organización (hermanos, grados).

En  abril de 1738 el Papa excomulgó a todos los masones mediante la bula In eminenti

apostolatus specula y en mayo de 1751 la bula Providas Romanorum con lo que comenzó el

enfrentamiento entre la masonería tolerante y liberal y el catolicismo papal. 

El conflicto tomo más fuerza y vigor. Recordemos los escritos del Prof. José Antonio Ferrer

Benimeli, Profesor de Historia Contemporánea de la Univ. de Zaragoza, Director del Centro de

Estudios Históricos de la Masonería Española, y sacerdote jesuita: 

La organización moderna de la masonería en Grandes Logias data de 1717, cuando en

Inglaterra se estableció un nuevo concepto sobre la conformación de las logias admitiendo

que éstas fueran integradas por obreros simbólicos, no necesariamente constructores, y su

principal objetivo se transformó en la construcción de templos espirituales. Esta decisión

fomentó el ingreso de los nobles a la masonería, con lo cual se fortaleció el poder de dicha

asociación, a tal punto, que la expulsión de los jesuitas de las colonias americanas en 1767

fue en gran medida instigada por varios aristócratas adeptos a la masonería. Pedro

Rodríguez, conde de Campomanes y Pedro Pablo Abarca y de Bolea, conde de Aranda,

ambos masones, fueron los encargados de convencer al rey español Carlos III sobre los

perjuicios económicos que generaba a la Corona el creciente poder de la Compañía de Jesús.

Mas aun, supuestamente bajo influencia masónica: el 21 de julio de 1773, el papa Clemente

XIV promulgo el Dominus ac Redemptor con el que suprimió a la compañía de Jesús.

 Por un lado un Papa excomulga a los Masones y otro Papa suprimea su más fiel ejército. ¿Por qué el Papa se deshace de su brazo derecho? No he encontrado respuesta excepto la del lucro de aquellos que gozaron de las propiedades y bienes de la Sociedad de Jesús.

Tenemos aquí la base de un duro pleito entre Jesuitas y Masones. De donde viene entonces

la historia del "complot" masón-jesuita? 

Sin duda los cien años que comenzaron con la excomulgación de los masones en 1738 y

continuaron con la Revolución Francesa, las luchas entre dinastías monárquicas europeas, los

conflictos entre monarquitas y republicanos, las guerras de Independencia en América (Norte

y Sur) influyeron y fueron influidos por masones, ya sea como individuos o como grupos. 

Esta ya sobre extendida plancha no puede relatar lo suficiente sobre este apasionante tema y

recomiendo a quienes les interese la lectura de: "El mito de la Revolución Masónica" (2007),

de Eduardo R. Callae.

 

Expulsión de los jesuitas en Colombia

Una ley de 1843 había autorizado al presidente de la república de Colombia para contratar en Europa sacerdotes misioneros católicos destinados a catequizar nuestras tribus salvajes de Colombia en los territorios de Casanare, San Martín y el Caquetá. La administración del general Herrán. cuya alma directriz era entonces el doctor Mariano-Ospina, dio instrucción para, hacer venir sacerdotes de la Compañía de Jesús, y los encargó de ejercer su ministerio en las ciudades principales de la república  (Bogotá, Popayán y Medellín), poniendo a su cargo la enseñanza en los colegios que en ellas sostenía el gobierno. Esta medida suscitó inmediatamente una oposición violenta, no sólo en las filas liberales, sino entre algunos hombres notables de los conservadores. Se comprendió que los salvajes a quienes se quería catequizar, no eran los de los bosques desiertos sino los de las ciudades; no para reducirlos al cristianismo, sino para inspirarles opiniones políticas contrarias a la república, tomadas del programa de reacción contra las ideas liberales que empezaban a propagarse en Europa a principios del siglo XVI, por el célebre soldado, después fraile, Ignacio de Loyola. Desde 1844 fue presentado y pasó a la cámara de representantes, conservadora en sus tres cuartas partes, un proyecto de expulsión de estos sacerdotes, a quienes se reputaba como un tizón que haría más quemante la llama de la discordia de partido. Habiendo encallado este proyecto en el senado, la discusión de este mismo asunto se renovó en los años de 1845 a 1848: pero con igual resultado; y en 1849 se formó la opinión de que el problema debería resolverse por simple decreto ejecutivo en ejecución de la real cédula de 1767 que suprimió la Compañía de Jesús y prohibió la residencia de sus miembros en los dominios de España e Indias.

Ni el general López ni sus ministros, si se exceptúa al señor Paredes, sentían entusiasmo por este procedimiento; pero la opinión se levantó en el periodismo liberal con tanta fuerza y unanimidad, que al fin se vieron obligados a someterse a los dictados de ese tirano, como lo llaman algunos, de ese árbitro supremo de las democracias. El presidente mismo declaró en la alocución que con este motivo publicó, que “por mucho tiempo había vacilado en la adopción de esta medida por consideraciones derivadas del espíritu de tolerancia y de seguridad de la civilización moderna y de las instituciones democráticas’; pero. agrega, “estas consideraciones han debido ceder, delante del mandamiento de la ley vigente (la cédula de Carlos III), y de la persuasión de que todavía nuestra naciente civilización e industria, y nuestras instituciones, no tienen la fuerza bastante para luchar con ventaja en la regeneración social con la influencia corruptora de las doctrinas del jesuitismo”.

La salida de los padres jesuitas se verificó sin disturbio ni resistencia alguna. Unos doscientos hombres de la Sociedad Popular fundada por ellos mismos rodeaba el Colegio de San Bartolomé a tiempo que una comisión de tres personas, conocidas por su desafección a la Compañía, entró a las doce del día sin escolta ni precauciones de ningún género a notificarles el decreto de expulsión. Cumplida esta formalidad, la comisión tomó a salir por en medio del

grupo de simpatizadores, que no permitieron otras manifestaciones sino malas miradas y tal vez frases coléricas, pero en voz baja, apenas perceptible. En la madrugada del 24 de mayo salieron sin acompañamiento alguno y sin provocar en todo el camino hasta Santa Marta acto alguno de entusiasmo en su favor. Para su salida recibieron recursos abundantes suministrados por una colecta voluntaria entre los amigos del gobierno, pues éste no disponía para ello de partida alguna en el presupuesto de gastos. Probablemente llevaron también crecidos fondos suministrados por sus partidarios conservadores, pues durante los seis años de su residencia en el país recibieron legados de consideración por parte de algunas señoras ancianas, indudablemente parroquianas de confesionario. Otro tanto sucedió en Popayán y Medellín: eran considerados más como instrumento de partido político que como miembros de sacerdocio cristiano.

La comunidad de los jesuitas no es, propia­mente hablando, un establecimiento religioso sino uno de propaganda política; de predicación de las ideas reaccionarias dominantes en España en los tiempos de Felipe II; en resumen, esa comunidad es una sociedad política de carácter permanente, en lucha con los gobiernos libres y las ideas de la renovación social. Así lo muestra su historia de tres siglos, en los que, íntimamente ligada con todos los gobiernos tiránicos, ha sido— expulsada de todos los países regidos por libres instituciones, o en los períodos en que los pueblos esclavizados bregaban por mejorar su condición social.

La introducción de la Compañía de Jesús como instrumento de partido había sido muy mal mirada en todo el país, y una parte no despreciable del conservador participaba de esta repugnancia, como lo prueba el hecho de haber sido aprobado el proyecto de su expulsión en la cámara de representantes desde 1844, a pesar de la mayoría considerable que aquel partido, tuvo en ella hasta 1850. La agregación de un elemento extranjero a nuestras discordias, y de un elemento español, especialmente antipático a nuestros sentimientos nacionales, estaba, y aún está llamado, a despertar cóleras perjudiciales a la buena marcha del país. Como educadores de la juventud tampoco se les podía justificar. La educación monástica, dirigida por principios contrarios a la espontaneidad y dignidad que se busca en el carácter republicano, es incompatible con la tendencia de nuestras instituciones y con el ideal político hacia el que convergen nuestras aspiraciones. Además, ellos no poseen ni pueden poseer la superioridad científica que puede obtenerse con otros profesores, como se ha observado con la importación de maestros alemanes, franceses y americanos. La tendencia inevitable de la educación jesuítica hacia la intolerancia religiosa por una parte, y hacia el espíritu de dogmatismo y de negación de la autoridad de la razón humana, por otra, son absolutamente inaceptables.

La experiencia de mi país en los dos períodos en que han sido dueños de los primeros de nuestros establecimientos de educación (1843 a 1850 y 1886 a 1898) está muy lejos de darles buen crédito en el particular, pues se han exhibido, con algunas raras excepciones, como maestros chabacanos e inferiores en todo sentido. Debo, sin embargo, expresar que entre los jesuitas del año de 1843 vino el padre Gil quien se mantenía sereno y dulce, sabía dominar su voz en tonos suaves y mantenía hasta el fin su expresión simpática. También vino en ese año el padre García, quien vino a trabajar en la sala de coléricos del hospital de San Juan de Dios, en abril de 1850. sacerdote humilde con una caridad verdadera y ejercía su ministerio con los

moribundos de una manera especialmente dulce y consoladora. Parece que los de la introducción de 1886 han sido inferiores a los de 1843..

Por el mismo tiempo (1849 y 1850) tomó un grande incremento en Bogotá y en algunas pocas de las principales poblaciones de la república (Cartagena, Cali, Panamá), otra asociación que puede asemejarse, en parte, a la de los jesuitas es la orden de la masonería. En Bogotá fue fundada, en 1846 o 1847, por algunos ciudadanos españoles pertenecientes a la compañía dramática que dirigía el señor Fournier: los señores Francisco González, José Belaval, Peix y otros cuyos nombres no recuerdo, con el concurso de algunos sujetos notables, venezolanos en su mayor parte, como los tres señores Echeverría, Hernández, Brachio, Delgado y otros. Muy pronto se incorporaron en ella muchas personas distinguidas de Bogotá, como los señores José Caicedo Rojas, Rafael E. Santander, Carlos-Martín, José María Samper, José María Vergara Tenorio, Patricio y Bernardo Pardo, Aparicio Escobar,. Fernando Conde, José María Plata, Manuel Ancízar, Manuel Murillo y otros muchos que sería largo nombrar; pero todas personas honorables y de buenas costumbres, atraído por la idea de que su objeto era únicamente reforzar el sentimiento de la fraternidad entre todos sus miembros y la práctica de la caridad y la benevolencia con todos los hombres. Sabía que en los pasados siglos, esas ordenes discretas habían trabajado por la emancipación de las clases oprimidas y por la reforma de los abusos que la feudalidad había introducido en las relaciones sociales,  no tenía, como no tengo conocimiento; de que hubiesen producido trastornos ni conspiraciones contra el orden social. Al entrar en ella comprendí que su origen entre nosotros era más antiguo, probablemente desde la guerra de la independencia, pues los militares de esa época generales José Hilario López y Valerio Francisco Barriga y los entonces coroneles Enrique Weir, Rafael Mendoza, Manuel A. López, José Maria Melo y otros de los que habían hecho la campaña de Venezuela, de 1820 a 1822, resultaron ser masones antiguos. Algo oí entonces de que la primera introducción de la masonería ha­bía tenido lugar durante las conferencias de Santa Ana, en 1820, a las cuales se debió el fin de la guerra a muerte en vigor desde 1813.

Puedo decir que, aparte de ser una  buena sociedad, las fiestas que se celebran al año la fiesta del patrono de la orden, los solsticios de verano e invierno y las medallas que invariablemente se recogen para los pobres en todas las sesiones y se reparten en secreto, sin ruido ni ostentación, nada se observa que no pudiera practicarse a la luz del día, ni nada distinto de una sociabilidad más estrecha, destinada a mantener mejores sentimientos entre los diversos grupos de hombres que pueblan la tierra. Puedo agregar que esta orden es mirada con respeto en los países más civilizados.

Muy distinta era, sin embargo, la opinión de alguna parte de la sociedad bogotana, inspirada por el clero y principalmente por los jesuitas. Se creía, y aun por personas de quienes pudiera esperarse mejor criterio, que sus reuniones servían de teatro a escenas crapulosas e indecentes, y no era duro de creer, para personas de buen juicio, que allí se profesaban doctrinas inmorales y ateas por gentes perfectamente honorables, que en la vida común sólo eran acreedoras a la estimación y el respeto de todos.

 

Fuentes:

 

Historia de la masonería en Colombia. Eduardo Santos. Ed. Nuevo Mundo.

 

Historia de la Masonería en España, Ed. Planeta.  Prof. José Antonio Ferrer Benimeli, Profesor de Historia Contemporánea de la Univ. de Zaragoza.

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